DESCRIPCIÓN DE LA SENDA En pleno centro
de Madrid, capital de España, se hayan los Jardines del Buen Retiro,
un espectacular jardín histórico en el centro de una ciudad
de más de tres millones de habitantes. Claro está que no
siempre fue así, y en sus orígenes, tal y como indica su
nombre, fue un lugar alejado, separado de la Villa por un arroyo y su
barranco, para el retiro espiritual de los reyes, en unas dependencias
del convento de Los Jerónimos.
No es hasta el siglo XVII, cuando el Conde-Duque
de Olivares, valido del rey Felipe IV, concibe un palacio digno
de la Corte de España. Se construye un gran palacio con múltiples
dependencias en el récord de tres años, inusual para aquella
época, y en 1634 se inauguró. Hoy los únicos restos
que quedan, tras la destrucción a la que le sometieron en el siglo
XIX las tropas de Napoleón son el Casón del Buen Retiro
y el actual Museo del Ejército.
Surge así el palacio, pero no el jardín.
El Conde-Duque, casualmente tenía unos terrenos al lado de la nueva
construcción, una “huerta” de un gran tamaño acorde con
su rango y posición, donde cazaba y se dedicaba a su animales de
granja. Dicen las malas lenguas que la muerte de su gallina favorita,
“doña Juana o doña Ana” le causó tal dolor que decidió
alejarse de ese sitio y le regaló la finca al monarca. No sabemos
si fue verdad el asunto de la gallina, pero los madrileños nunca
le podremos estar tan agradecidos al óbito de la gallina como se
merece; y a la vista está.
El terreno era extenso, pero no tanto como quería
el rey; así que se compraron varias fincas anejas y se formó
así el inmenso jardín y bosque como quería Felipe
IV. A nuestros tiempos ha llegado menguado y con la fisonomía muy
diferente a como fue en sus inicios.
En las siguientes líneas se intentará hacer
un recorrido por El Retiro desde diferentes puntos de vista,
siempre primando el medioambiental, pero también el histórico,
el paisajístico, y el cultural, pues en nuestro Jardín interaccionan
muchas influencias, se yuxtaponen muchas partes diferentes, y todo ello
con la perspectiva y la memoria histórica de casi cuatro siglos.
El Retiro ocupa la parte más occidental de un interfluvio
entre el Abroñigal Grande (M 30) y el Abroñigal Chico (Paseo
del Prado). Es una superficie más o menos llana que vierte sus
aguas hacia el suroeste. La parte más elevada se encuentra en su
vértice nororiental (Montaña de los Gatos) y el más
bajo en el extremo contrario, a la altura de la estatua de Pío
Baroja (junto a la cuesta de Moyano).
La ruta se inicia en la Puerta de Alcalá,
uno de los principales accesos al recinto (0). A mano derecha, según
se mira la Puerta de Alcalá desde la entrada de El Retiro, podemos
observar un resto de otra época, el mojón de la Cañada
Real de Madrid, y una inscripción que indica su anchura
legal de 75,23 metros. Por ser una vía pecuaria, dos veces al año,
las ovejas merinas circulan por el centro de Madrid recordando sus derechos
de paso.
Se accede al Jardín por la Puerta de La
Independencia y nos recibe una pequeña fuente y su estanque.
Enseguida se puede percibir la variedad cromática del Parque, más
acentuada en otoño. Se combinan especies perennes de verdes oscuros
y claros, a las que se superponen otras caducas, que varían del
verde claro, al ocre, amarillo y la pérdida de hojas en invierno.
Aquí podemos observar el ejemplo de la combinación de pinos,
magnolios, acacias. Enfrente, tras las escaleras, se accede al Paseo de
México, delimitado por imponentes álamos, con su corteza
blanquecina.
Nada más entrar, sin ascender los escalones, se
gira a la izquierda, hacia una fuente blanca que se ve arriba. Seguimos
por ese paseo, donde un pino negral queda a mano izquierda. Es la zona
de paseos arbolados, delimitados por varias alineaciones de diferentes
especies, que dan sombra y frescor en verano y variedad de colores en
otoño. Esta subida está dominada a ambos lados por dos alineaciones
de tilos, mientras que en las pequeñas parcelas de césped
que están tras ellos se encuentran árboles perennifolios
como pinos y abetos.
Tras subir unos escalones se llega a la Puerta
de Hernani, una entrada secundaria y enmarcada por cipreses.
Dos fuentes se suceden; una en medio de un estanque, de un duendecillo
con un pez y otra con varias venus en la principal. Dos grandes laureles
van a quedar a mano derecha según ascendemos, y tras la fuente
de las venus, tres acebos de unos dos metros de altitud.
El camino sigue recto, tras los acebos, paralelo a la
calle Alcalá. Los tilos han dejado paso a plátanos, acacias
y sóforas, tres especies muy abundantes en El Retiro, junto a los
castaños de indias. Dejamos a la derecha amplias zonas de tierra
que rodean el templete de música. El paseo deja de ser de tierra
y continua asfaltado. La calle Alcalá va a quedar más alta
que el camino, y en el terraplén que nos separa de la verja abundan
los eucaliptos y los cedros.
Se alcanza una casa amarilla donde está la fuente
de la Salud (1) (500 metros y 15 minutos), de la cual quedan el caño
y el pilón. Se sigue recto, remontando aún más la
cuesta, entre grandes tejos de tronco retorcido, cipreses y sequoyas.
Se siguen combinando castaños, plátanos y acacias con pinos,
abetillos y ciruelos japoneses. Se alcanza un majestuoso pinsapo que hay
en el camino, fuera de la parcela de césped, a la altura de un
pequeño parque infantil, uno de los muchos que salpican la superficie
del Parque. Aquí hay que desviarse a la derecha, hacia una estatua
que se divisa a la derecha, tras pasar bajo unos tejos y un gran eucalipto.
Se llega a la estatua de Juan Pablo Bonet, levantada por
la Federación de Sordomudos, pues fue el inventor en el ya lejano
siglo XVII de un lenguaje para dicho colectivo (2) (800 metros y 20 minutos).
Desde este pequeño homenaje se observa más a la derecha
otro grupo escultórico. Se baja entre madroños y laureles,
con una empalizada de madera a la derecha. A la izquierda queda una fuente
cegada con el escudo del oso y el madroño, y bajo unos enormes
plátanos de sombra, se llega al grupo escultórico en homenaje
a los hermanos Álvarez Quintero, donde desde un
balcón, una mujer esculpida en blanco y a tamaño natural
con traje andaluz contempla a un señorito a caballo, de color negro,
acentuando el contraste.
Se sale de esta glorieta por los escalones que hay frente
a la estatua hasta alcanzar un paseo asfaltado, el de Colombia. Allí
se gira a la derecha. A la izquierda según se prosigue la ruta
hay un canal que simula un río, con su aspecto meandriforme, y
en sus márgenes se han plantado varias especies simulando un bosque
galería de bambúes, palmeras, laureles, árboles del
amor, sauces llorones y multitud de arbustos. Merece la pena desviarse
hacia la izquierda y adentrarse entre el bambú para observar esta
recreación de la naturaleza (3) (1 km y 200 metros y 35 minutos).
Se desemboca en una amplia glorieta, confluencia de varios
caminos y un paseo con grandes plátanos. A la derecha queda la
Casa de Vacas, llamada así por ser el lugar donde
se despachaba leche recién ordeñada en el siglo XIX; luego
fue sala de fiestas y actualmente sala de exposiciones del Ayuntamiento.
Descendemos por el paseo del estanque en dirección a la fuente
que queda enfrente. Grandes plátanos limitan dicho paseo, uno de
los más frecuentados por los madrileños. A la izquierda
queda el embarcadero del estanque, y a la derecha una serie de árboles
más pequeños, pero que contrastan con la corteza blanquecina
y clara de los grandes plátanos. Aquí se encuentran durillos,
laurocerasos y varios tejos de buen porte.
Alcanzamos la fuente de los Galápagos,
obra monumental de la primera parte del siglo XIX (4) (1 km y 500 metros
y 40 minutos). Sobrepasamos la glorieta de la fuente y entramos de nuevo
en una zona terrosa, con tilos a ambos lados, que enmarcan amplias zonas
de praderas. Esta zona, la más concurrida del Parque, junto al
Estanque, es fruto de la transformación (algunos creen que errónea)
que se hizo a partir de los años setenta. Siguiendo el modelo paisajista
inglés y las corrientes higienistas del urbanismo, se limpian amplias
parcelas de arbustos y setos y se sustituyen por amplias praderas diáfanas,
ideales para tumbarse al sol; transformando el jardín en un parque
para ocio y recreo, perdiendo su perspectiva histórica y anulando
la diversidad de las partes. Aquí, El Retiro ha dejado de ser un
jardín y se ha transformado en un parque. Afortunadamente, en otras
zonas se están rehabilitando los espacios de praderas para dotarle
de las características que tenía en otros tiempos y por
oto lado, el gran consumo de agua de estas praderas artificiales, propias
de otros climas mas húmedos y no de nuestro clima mediterráneo,
se ha visto atenuado al usar agua reciclada.
Se sigue por esta zona de grandes praderas entre tilos,
acacias, cipreses y sequoyas. A la derecha queda el teatro de títeres.
Nada más sobrepasarlo, ya la altura de un cartel lila que indica
“Este parque se riega con agua reciclada no potable” se gira a la izquierda.
En ese mismo giro se observan unos árboles de hojas muy grandes
de forma acorazonada y su tronco de color claro, Lo que más destaca
es el fruto, una larga judía que tiene forma de cigarro, son catalpas.
No son muy grandes, pero en esta zona son los árboles más
abundantes.
Se gira entre dos catalpas y se sigue por ese paseo, más
estrecho, pero rodeado de este tipo de arbolillos y laurocerasos, en medio
de más zonas de praderas. En el primer cruce, un camino sale en
oblicuo hacia la derecha, hacia una glorieta. Se pasa por una zona con
árboles dispersos, prima el césped, con tejos, cipreses
y algún almez. Se alcanza dicha glorieta (5) (1 km y 750 metros
y 50 minutos). En medio, un ciprés solitario cuyo tronco se divide
a unos tres metros del suelo enmarca la zona. Aquí alcanzamos la
Senda Botánica de El Retiro, y en la misma glorieta, un cartel
nos llama la atención. Nos dirigimos hacia él, que está
situado bajo un gran olmo. Este itinerario botánico es otra posible
ruta para descubrir el parque, pues conduce a través de varias
zonas a descubrir especies más o menos comunes o exóticas
que tiene este espacio verde.
Se sigue por el camino que sale a la izquierda del cartel.
Se cruza el Paseo de las Estatuas, que comunica una de las entradas principales
del Parque, la de la Puerta de España con el Estanque. Siguiendo
en esta parte el itinerario botánico, tras cruzar el Paseo de las
Estatuas, se gira a la derecha. Se pasa por una zona donde abundan los
castaños de indias y dos especies de las tres principales que hay
de acacias, sóforas y robinias. Se pasa por una casa con uno de
los escudos de Madrid, con un cuartel con el oso y el madroño y
otro con una especie de dragón, que es ni más ni menos un
basilisco. Se llega a otra zona de juegos infantiles y alcanzamos el límite
oeste del parque, la calle de Alfonso XII donde un árbol de corteza
gris y hojas lanceoladas de base disimétrica cae inclinado hacia
la derecha, es un alméz o lodón (de ahí el topónimo
Torrelodones), también muy abundante en el Parque. Se ha llegado
a la calle Alfonso XII, anteriormente llamada de Granada. Todo el barrio
que crece desde aquí hasta el Paseo del Prado ha sido construido
en terrenos que antes pertenecían a El Retiro. Grandes casonas
y palacios de la nobleza y alta burguesía se construyeron en este
lugar privilegiado.
Se gira a la izquierda, dejando a la derecha la calle
y se desciende hacia uno de los espacios emblemáticos de El Retiro,
la zona de El Parterre (6) (2 km y 500 metros y 1 hora).
Único jardín francés que tiene El Retiro. Se accede
a él por la Puerta de Felipe IV, construida en el siglo XVII. Es
la parte más histórica del Parque, lugar donde estuvo el
Ochavado de Los Austrias, frente al Casón. El nombre le proviene
de la parcelación que se da a estos jardines, separados por setos
de laurel y boj, generando figuras geométricas. Todo el conjunto
tiene una forma de basílica, con el ábside hacia el fondo
del Jardín. Destacan aquí bellos ejemplares de magnolios,
grandes cedros, laureles, aligustres con formas primorosas, pero sobre
todo, en la parte izquierda de El Parterre está el árbol
más conocido y emblemático de El Retiro, el conocido ahuehuete,
ciprés calvo o ciprés de Cortés, originario de México.
El nombre de “calvo” le viene dado porque sus hojas adquieren un color
rojizo en invierno y acaban cayendo, aunque en su lugar de origen sea
de hoja perenne. Es el árbol más viejo de Madrid, con una
gruesa horcadura de donde le salen fuertes ramas que utilizaron los franceses
en 1808 para instalar un cañón. Está incluido en
el Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid.
Se sale al paseo central de El Parterre, hacia la estatua
de la “Alegoría al teatro”, en honor a Jacinto Benavente. A ambos
lados unos árboles de copa redondeada llama la atención.
Son cipreses, pero transformados por la mano mágica de los jardineros
para conseguir esos troncos y esas formas tan curiosas. La copa la tienen
partida en varias partes. Se asciende por cualquiera de las dos rampas
y se llega hacia el mirador de El Parterre. Aquí se observa la
forma basilical indicada antes y se puede contemplar en todo su esplendor
este bello jardín (7) (2 km y 800 metros y 1 hora y 10 minutos).
Dejando a nuestras espaldas El Parterre, subimos unos metros por la Avenida
del Paraguay para desviarnos enseguida a la izquierda y llegamos a u estanque,
el de Las Campanillas u Ochavado, restos también
del jardín del siglo XVII. El nombre le viene por las campanillas
que coronaban el surtidor del centro del estanque, que representa una
montaña de rocas, muy de estilo oriental. Hoy las campanillas han
desaparecido, pero queda el estanque, rodeado de especies que necesitan
zonas húmedas, como varios fresnos y álamos. También
algunos majestuosos cedros rodean la fuente.
Se vuelve a la cabecera de El Parterre, y se va rodear,
camino de la calle Alfonso XII, por la parte izquierda. Se baja por un
paseo ancho, entre buenos ejemplares de robinias y castaños de
indias. Al llegar a la altura de la calle, sin descender al paseo que
va pegado a la verja, se gira a la izquierda. Se deja una casa de los
trabajadores de los jardines a la izquierda y se desciende un pequeño
terraplén hasta alcanzar una zona baja y húmeda,
la Chopera (8) (3 km y 400 metros y 1 hora y media). Esta zona,
mucho más húmeda y umbrosa que el resto del Parque, recibe
el nombre por los árboles que la conforman, que son álamos
y chopos, ejemplares que aprovechan la humedad de esta vaguada que cae
hacia el Paseo del Prado. En sus tiempos fue un cementerio, luego un hipódromo,
y hoy junto a las instalaciones deportivas, y en el lugar que ocupaban
amplios paseos terrosos de plátanos de sombra se ha construido
un monumento que ojalá nunca se hubiera tenido que hacer, el Bosque
de los Ausentes, compuesto por 192 cipreses y olivos rodeados
de una lámina de agua que simboliza la vida en memoria y recuerdo
de nuestros vecinos asesinados vilmente el 11 de marzo de 2004. el monumento
lo componen varias terrazas escalonadas donde se ubican los árboles.
Se deja el monumento y un pequeño estanque a la
izquierda y se remonta una fuerte pero corta rampa, llevándonos
a un mirador de la zona de la Chopera. Altos pinos piñoneros, con
su forma aparasolada y grandes cedros crecen sobre las praderas de césped
que vuelven a aparecer, en la cuesta que cae hacia la cuesta de Moyano
y la estación de Atocha. La valla de madera que queda a la izquierda
es un buen mirador de la zona por la que se acaba de pasar. Seguimos por
el camino que traíamos en la subida, que describe una amplia curva
hacia la izquierda. Existen en esta zona bastantes ejemplares de cedros,
tanto del Himalaya como del Atlas, diferenciados por el color de las acículas,
más claras y azuladas las del Atlas. También se aprecian
algunos buenos ejemplares de eucalipto.
Alguna pequeña encina, vestigio de la vegetación
natural, resiste en esta zona, que está limitada por la fuerte
cuesta que asciende hacia la glorieta del Ángel Caído. El
camino de tierra, en buena sombra se acaba en esta calle. Sin cruzarla,
enfrente se observan unas zonas con bastante densidad de arbustos y herbáceas
dominadas por grandes pinos piñoneros. Es una zona restaurada en
los últimos años, donde entre estrechos paseos de tierra
se han reformado parcelas protegidas con encintados para evitar que se
traspasen, con boj, adelfas, bambú, durillo, aligustres, pitosforos,
avellanos, cotoneaster, fotinias, boneteros, que le confieren el aspecto
“de selva” misteriosa y de frondosidad que tenía en sus orígenes
el jardín.
Se cruza la calle. Abajo, a la derecha, entre grandes
pinos piñoneros queda la zona donde estaba situada la antigua
ermita de San Blas, que hoy en día aún reúne
una romería todos los 3 de febrero. Los edificios que quedan cerca
de él son el instituto Isabel la Católica y el recinto del
Observatorio Astronómico, que tienen su origen en el siglo XVIII,
con Carlos III y Carlos IV. Enfrente, por donde se ha cruzado la calle,
nos va a aparecer otro tipo de jardín. Varias pequeñas parcelas
cespitosas, protegidas por santolinas, que contienen varios centenares
de almendros amargos; es el Huerto del Francés
(9) (4 km y 200 metros y 1 hora y 45 minutos). Este jardín ha sido
remodelado siguiendo una de las últimas tendencias, el de crear
un paisaje agrícola, con campos homogéneos dedicados al
cultivo, en esta caso almendros que, a inicios de primavera invade el
panorama con el color blanco de sus flores. La tapia de ladrillo que queda
enfrente es la que separa el Jardín de la zona de sus invernaderos,
“las Estufas”.
Se gira a la izquierda y se sube entre las parcelas de
almendros y se llega a una noria restaurada, resto de la antigua Fábrica
de porcelanas de El Retiro, una de las más importantes de el Mundo
y cuya fórmula era un secreto de Estado. En época de Carlos
III se construyó un edificio de tres plantas, de forma cuadrangular,
donde se fabricaban estas obras de arte. Cuando los franceses invadieron
Madrid en 1808 montaron su cuartel general aquí, pues era un edificio
fuerte, en una posición ventajosa, un alto que dominaba la ciudad
hostil. La batalla que se libró aquí en 1812, cuando fueron
derrotados los franceses por las tropas de Wellington trajo consigo la
destrucción de la fábrica, de la cual sólo se conservan
la noria, el pozo de desagüe, la alberca y la pileta de decantación.
Tras contemplar estos restos, seguimos subiendo, ahora
entre unos buenos ejemplares de pinos carrascos, salpicados con algún
roble hasta coronar en la glorieta del Ángel Caído
(10) (4 km y 500 metros y 2 horas). Es el único monumento al diablo
que existe en el mundo y una obra de arte de Ricardo Bellver, premio en
la Exposición Internacional de París de 1878. Aquí
estaba ubicada otra de las famosas ermitas de El Retiro, la de San Antonio
de los Portugueses, a la cual se accedía por un puente o en barca.
En la glorieta se gira a la derecha y comienza un descenso
por una de las zonas menos transitadas del parque. Se deja a la derecha
el Huerto de El Francés y las Estufas, y se gira
siguiendo el límite del parque por el camino asfaltado. Es una
zona con amplias praderas, con almendros, durillos, ciruelos silvestres,
eucaliptos, arces y algún madroño cuyos frutos se pueden
saborear en noviembre. Se acaba el asfalto, y se deja la zona de perros
en libertad a la derecha. Arriba, un terraplén nos separa del Paseo
de Coches, dominado por tilos, boj, sauces, álamos, cedros, eucaliptos,
fotinias, árboles del amor, del cual esta bajada está lleno
y en el mes de abril se llena de vistosas flores rosas, que nacen antes
que las hojas. Se llega a una casa de madera con un muro de cemento pintado
de color burdeos y una valla metálica verde; unas escaleras nos
llevan a bordearlo por su derecha hasta alcanzar su puerta. Es el Centro
de educción ambiental de la Junta de Retiro “La Cabaña“
(11) (5 km y 200 metros y 2 horas y 15 minutos). Se continua el descenso
hasta llegar a unas escaleras de salida del parque hacia la plaza de Mariano
de Cavia, en medio de acacias, sóforas, avellanos y lirios. No
se sale, sino que se gira a la izquierda por el paseo de tierra que domina
la calle Menéndez Pelayo. Algunos pinos y cedros quedan a mano
izquierda, mientras que el terraplén que cae a la calle está
plantado por arbustos para proteger la erosión producida por la
pendiente. Los árboles muestran una característica inclinación,
llamada reptación, por efecto de la fuerza de la gravedad.
Se pasa por las escaleras de la Puerta de Dante y, en
vez de seguir rectos hacia un estanque con ánades y patos, se asciende
en oblicuo a la izquierda, en medio de un bosquete de encinas. Esta zona,
una de las más tranquilas del parque, ha conservado varios rodales
de encinas, restos de la vegetación natural, del encinar mediterráneo
sobre arenas. Sin embargo, a partir de ahora se va a entrar en una zona
con grandes curiosidades botánicas; se accede a la zona conocida
como La Rocalla (12) (6 km y 2 horas y 25 minutos). Una rocalla es un
conjunto de plantas y rocas que se construye adaptándose a un terreno
irregular y con desniveles, tal y como ocurre aquí. En la pendiente
que cae desde el Paseo de Coches se han construido una serie de paseos
estrechos, enlosados con lajas rojizas, alrededor de los cuales se han
plantado especies exóticas y muy variadas.
Desde la glorieta de las encinas, queda a mano derecha
un camino de lajas rojas que sube la pendiente. Se entra por ahí,
y enseguida por una horizontal a la derecha. En ese pequeño paseo
horizontal se encuentran especies exóticas de varias partes del
Mundo. A la izquierda, nada más centrar en el paseo, una sequoyadendro,
árbol perenne de las sierras de California, muy erguido, con las
hojas en escamas y el tronco de color rojizo, con la corteza muy fibrosa
y muy fisurada. Al lado suyo un enebro como el que hay en nuestros montes,
tras él dos cipreses y un árbol extraño, una araucaria
chilena, proveniente de Chile y La Patagonia, con unas ramas en capas
separadas, con las hojas muy duras y rígidas, aciculares y espinosas,
dispuestas en escobillón, en espiral sobre las ramas. Pero ahí
no acaban las sorpresas botánicas, a la derecha un ginkgo, un fósil
viviente proveniente de Japón y China, con hojas en abanico con
dos lóbulos y con numerosas nerviaciones, que adquieren un intenso
amarillo en otoño. Más abajo, cerca del estanque, un haya
y otra sequoya. Enfrente de nuestro camino, un cerezo de flor, también
de Japón y Corea, con hojas lanceoladas, tronco de color marrón
oscuro y liso, que a inicios de primavera se convierte en un hervidero
de flores blancas, y otro sequoyadendro a la derecha.
Se sigue por este camino llano, con más cipreses
y abetos. Cercanos a la verja, un grupete de prunos destaca por sus flores
moradas en primavera y su color marrón oscuro de sus hojas. Tras
ellos, un pequeño abedul. Se alcanza la Puerta del Niño
Jesús y sin salir ni a la tierra ni al asfalto giramos por la cuesta
de lajas rojizas que se interna entre la vegetación, en paralelo
a la acera. A la derecha, aligustres y a la izquierda algunos ejemplares
de tejos marcan esta zona umbrosa. A la izquierda, tras el tejo, aparece
otra especie exótica, un podocarpo, las hojas de color verde oscuro
y en grupos apretados, verticiladas y lanceoladas muy estrechas, con bastantes
ramas desde la base. A la derecha, una catalpa y un poco más arriba,
una sabina. Según subimos se pueden ir reconociendo un pinsapo,
otro tejo, un abeto, y a la izquierda otros dos podocarpos. Cuando se
abre otro camino con lajas hacia la izquierda se observa la gran araucaria
debajo de la cuesta, pero más cerca, otra pequeña araucaria.
Se corona la cuesta y se llega al Paseo de Coches a la
altura de una pequeña cabaña de madera. Hasta finales de
2004 existía sobre esa cabaña un gran pino piñonero,
conocido como “el Pantalones”, uno de los árboles singulares de
El Retiro, reconocible por tener sujetas sus dos ramas que se separaban
cerca de la base por unos hierros. Éste se serró en esa
fecha, perdiendo el Parque uno de sus emblemas. Se atraviesa el Paseo
de Coches, antiguo canal navegable donde los reyes hacían paseos
en barco y fiestas acuáticas, del cual sólo se conserva
el islote central que tenía, y que queda a la derecha de la ruta,
a la altura del Paseo del Uruguay, con dos magníficos ejemplares,
un cedro y un pino piñonero. Enmarcando el Paseo, dos largas filas
de madroños.
Tras cruzar el asfalto se desemboca en la Rosaleda
de El Retiro (13) (6 km y 600 metros y 2 horas y 45 minutos),
antiguo invernadero y hermosa zona cuando brotan las rosas de mil y un
colores en primavera, separadas del resto del Parque por setos de boj
y laurel. Se atraviesa dicho espacio, se cruza el Paseo del Uruguay. Y
nos introducimos en el Paseo de Julio Romero de Torres, de tierra y en
medio de grandes pinos, y que conduce al Palacio de Cristal. Nada más
entrar, nos desviamos a la izquierda para bajar por una escalera donde
hay un gran eucalipto, y cruzar un puente sobre una ría para alcanzar
una especie de isla. Esta parte es una antigua pista de patinaje sobre
hielo, pues la ría tiene una pequeña lámina de agua,
y su forma es ovalada, como una pista de atletismo. En la isla nos encontramos
sauces, grandes cedros, aligustres, palmeras y un sauce llorón,
que descuelga sus ramas sobre la parte meridional de la ría.
Se sale de la isleta por otro puente, que está
a la derecha. Según se cruza, al lado de un tronco quebrado, crece
una fotinia, con su mezcla de colores en el follaje, donde destaca el
rojo. La ruta sigue ahora recto entre una gran explanada de arena, donde
los árboles aislados son ejemplares de árboles del amor,
plátanos y pinos. Se llega al Palacio de Cristal
(14) (7 km y 500 metros y 3 horas), obra de hierro y cristal, muy bella,
inaugurado en 1887, como pabellón estufa para la Exposición
de Filipinas, donde incluso se trajo a una familia de las islas para que
viviera en él. A su derecha, el estanque, con un roble en su orilla,
su surtidor central y los bellos cipreses de los pantanos del Mississippi,
con sus hojas que varían del verde claro en verano al intenso ocre
del otoño.
Se sigue, dejando el Palacio a la izquierda y siguiendo
camino del Palacio de Velázquez. Se dejan dos casetas con chapiteles
a la izquierda, que eran la puerta de entrada a la Exposición de
Filipinas, y por un paseo de plátanos de sombra se llega a este
otro palacete. El Palacio de Velázquez se realizó para la
Exposición de Minas de 1883 por Ricardo Velázquez, y es
igual que la Escuela de Minas de la calle Ríos Rosas. Se deja este
palacio a la derecha y se asciende hasta el Estanque Grande, a la altura
de la Fuente de la Alcachofa (15) (8 km y 3 horas y 15
minutos), otra de las fuentes monumentales del Salón del Prado
del siglo XVIII, que estaba ubicada en la Glorieta de Atocha. Es una buena
zona, tranquila, para contemplar el Estanque Grande, con unas dimensiones
de 250 por 125 metros, y que presenta en su lado oriental el Monumento
a Alfonso XII, con su gradería cayendo al agua y coronado por la
estatua ecuestre del rey, obra de Benlliure.
Giramos a la derecha, contorneando el estanque, pasamos
por el ancla de la Fragata Villa de Madrid entre paseos de castaños
y sóforas, dejando a la derecha dos pequeños olivos. Se
cruza un arroyo artificial, y se llega al monumento (16) (8 km y 300 metros
y 3 horas y 20 minutos). Esta zona vuelve a ser de dominio de las grandes
praderas y al ser la más visitada está un poco deteriorada,
no como otras partes por las que se acaba de pasar. Por detrás
del monumento se gira a la derecha, entre cipreses, hasta la estatua de
Martínez Campos, se bajan los escalones y cruzamos el Paseo de
Coches.
Tras cruzarlo, ascendemos unos escalones y entramos en
la zona de Los Caprichos (17) (8 km y 600 meros y 3 horas
y 30 minutos) donde el primer ejemplo es el Florida Park, donde antes
estaba el Salón Oriental. Toda esta zona por la que discurre la
ruta era el reservado que Fernando VII se reservó para él
y para su Corte, y lo dotó de diferentes construcciones y decoraciones
caprichosas, reflejo del espíritu banal y superficial de este rey.
Se rodea el edificio del Florida por su derecha, dejándolo a la
izquierda. A la derecha va a quedar otra zona de juego de niños
(se ha vuelto a la zona de Parque, no de Jardín). Tras un gran
pino piñonero se gira a la derecha hacia una pequeña glorieta
con una fuente, con rosales, álamos, pinos, cedros y algún
arce negundo.
Se sale de esta fuente en dirección norte, con
otra zona de juegos infantiles y se alcanza otra placita, con una fuente
andaluza y un azulejo de la patrona de Sevilla, la Virgen de los Reyes.
Tras ella, se alza el ábside románico de los restos de la
iglesia de San Isidoro de Ávila (18) (9 km y 3
horas y 40 minutos). Junto a ella, y sobre el mismo pedestal, un arco
de medio punto, restos del espíritu romántico del siglo
XIX.
A la izquierda del arco de la iglesia queda una construcción
de colores pastel, es la Casita del Pescador, rodeada de un estanque con
ánades y gansos. Construida en tiempos de Fernando VII también
era un gabinete de descanso de su reservado.
Desde ahí se observa una elevación
cubierta por una profusa vegetación y donde cae el agua en dos
cascadas sucesivas. Es la Montaña de los Gatos, “montaña
artificial”, construida en tiempos también de “El Deseado”. Se
sube por el estrecho camino que queda al lado de la Casita del Pescador.
La subida es lujuriante en cuanto a vegetación: palmeras, cedros,
olivos, tilos, hiedras, boj, fresnos, almeces, etc... Se corona siguiendo
el sentido contrario a las agujas del reloj (19) (9 km y 400 meros y 3
horas y 55 minutos). Es una construcción artificial que está
hueca y donde también se realizan exposiciones Se desciende por
el otro lado, camino del Paseo de Coches, con cuidado de no darse un golpe
con el pino inclinado. Esta zona por la que se baja, que está sobre
la cascada, está llena de bambúes. Se hace una curva a izquierdas
y se desciende entre olmos, un almez y bastantes palmeras excelsas. Enfrente,
al acabar la bajada vuelve a quedar la Casita del Pescador. Se gira a
la derecha y se sale al Paseo de Coches, entre grandes cedros y una estilizada
sequoya. La ruta finaliza en esta salida, que es la Puerta de
Madrid, (20) (9 km y 500 metros y 4 horas). Si se desea salir
por la Puerta de Alcalá, un rápido descenso le conduce en
línea recta y paralelos a la calle Alcalá.
JUAN JOSÉ GARCÍA GARCÍA
ASESORÍA DE NATURALEZA
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